Hay una pregunta que fascina a los politólogos: ¿cuándo se empezó a gestar el fenómeno Milei? Muchos creen que fue en la pandemia; otros ubican la génesis más atrás. Todos coinciden, sin embargo, en que se trató de una gestación silenciosa, subterránea, que fue difícil “verla venir”. Estimulados por ese antecedente, hoy algunos empiezan a formularse una pregunta que tal vez suene fuera de tiempo, pero que se justifica por los vaivenes y la impaciencia, pero también por los aprendizajes, los cambios y las evoluciones que ha mostrado el electorado en las últimas décadas: ¿se está incubando un nuevo movimiento silencioso?; ¿empieza a germinar una demanda ciudadana que, sin volver al pasado, exija un salto de calidad en materia de institucionalidad y convivencia política?; ¿asoma la expectativa de un manejo racional de la economía, pero también de sensibilidad social, de debate civilizado y de respeto por las diferencias? Todavía no lo sabemos, pero varios especialistas creen que algunos datos e indicadores podrían inducir una respuesta positiva, aunque hablan de un proceso lento, que podría llevar varios años, y que depende del surgimiento de nuevos liderazgos que hoy no se ven en el escenario político.



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